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Primer Contenido

fecha: "2026-01-23"

Durante años hice lo mismo que hace mucha gente:
guardar fotos, documentos y recuerdos sin pensar demasiado en dónde estaban realmente.
Tenía un disco duro de 2 TB. Mi orgullo.
Ahí estaba todo: películas, series, proyectos, documentos de mis años de estudio y, sobre todo,
las fotos y recuerdos familiares acumulados durante casi toda una vida.
Yo era el responsable de eso.
El que guardaba los archivos, el que decía:
“tranquilos, acá está todo”.

Un día falló.
Así, sin aviso.

Ese disco duro, que para mí era casi indestructible, simplemente dejó de funcionar.
Y con él se fueron cerca de veinte años de fotos familiares.

No eran solo mis archivos.
Eran los recuerdos de todos.

En cada reunión familiar apareció la misma pregunta:

“¿Y las fotos?”

Y no había respuesta.

Ahí entendí algo que cuesta asumir:
no fue mala suerte. Fue una decisión.
Confié todo a un solo disco, sin respaldo real, sin alternativa.

Los discos duros fallan.
No porque sean malos, sino porque el tiempo siempre termina pasando por ellos.

Fue entonces cuando empecé a entender por qué existen soluciones como los NAS.

Un NAS no es algo complejo ni mágico.
Es, básicamente, un equipo pensado para no depender de un solo disco.

La información se guarda al mismo tiempo en dos (o más).
Si uno falla, el otro sigue ahí.

No evita el paso del tiempo,
pero sí evita que una falla lo borre todo.

Ese concepto —no poner todo en un solo lugar
cambió completamente mi forma de pensar cómo cuidar mis datos. Por un tiempo también confié en la nube,
sobre todo cuando ayudaba a otras personas.

Cada vez que configuraba un teléfono, la recomendación era casi automática:

“Sí, guarda todo en Google Drive”.

Para muchas personas era una solución cómoda.
Para mí también lo fue, hasta cierto punto.

Pero seguro te ha pasado algo parecido:
borras fotos del teléfono y, años después,
cuando cambias de equipo y restauras un respaldo,
esas fotos siguen ahí.

Si las borré,
¿por qué siguen existiendo?

Eso me llevó a investigar más.
A leer lo que casi nadie lee.
A entender que, si algo se pierde en la nube y tú no tienes otro respaldo,
simplemente se pierde.

Las grandes plataformas tienen infraestructuras enormes, eso es cierto.
Pero también tienen algo claro:
la responsabilidad final nunca es de ellas.

Y ahí apareció otra pregunta incómoda:

¿En quién estoy confiando mis recuerdos,
mis documentos,
mis cosas?

Cuando lo pienso en cosas simples, se vuelve más claro.

Si tienes un álbum de fotos,
¿dónde lo guardas?
¿En tu casa o en la del vecino?

Y si prestas tu bicicleta a un familiar y se la roban,
¿quién se hace responsable?

Con la nube pasa algo parecido.
Guardamos cosas que son profundamente nuestras
en lugares que no controlamos del todo,
bajo reglas que no decidimos nosotros.

Buscando alternativas volví a los NAS.
La idea era buena. Muy buena, de hecho.

El problema era el precio.
600 dólares o más.

No era una opción para mí en ese momento.

Así que seguí usando la nube.
Funcionaba, era práctica, pero algo no me cerraba.

Pagaba todos los años,
aceptaba condiciones largas
y asumía que todo estaba bien,
solo porque “así funciona”.

Hasta que, en un periodo complicado a nivel económico,
llegó un cobro automático cercano a los 120 dólares.

No fue solo el monto.
Fue darme cuenta de que dependía de algo que no controlaba
y que iba a seguir pagando indefinidamente.

Ahí empezó todo de verdad.

No estaba pensando en crear un proyecto ni un servicio.
Solo quería una solución para mí.

Quería guardar mis cosas en mi casa,
saber dónde estaban
y decidir yo qué hacer con ellas.

Investigando llegué a tecnologías abiertas,
a equipos pequeños pero potentes,
y a la idea de tener una nube propia.

Nada de esto es nuevo.
Todo existe hace años.

Lo difícil no es encontrar las herramientas.
Lo difícil es unirlas
y hacer que funcionen bien,
para ti y para mí,
sin dolores de cabeza.

En ese proceso entendí que esto
no era solo un tema técnico.

También había decisiones éticas
y, en cierto punto, políticas
detrás de algo tan cotidiano
como guardar información.

Por eso quise compartir el camino que recorrí.
No la parte comercial,
sino el aprendizaje
y las preguntas que nacen
al buscar una alternativa.

Comparto este camino desde alguien como tú,
que necesita guardar sus datos
y conservar sus derechos sobre ellos.

No existe una solución perfecta.

El hardware y las aplicaciones están ahí,
disponibles para cualquiera.

Lo difícil no es encontrarlas,
sino hacer que realmente funcionen para ti.

Nubehome aparece después.
Esta experiencia fue el punto de partida.